Nací y crecí en la “Imprenta Atalaya”, nada más mágico para un niño, que vivir en una imprenta.
1º: Habían unas cajas gigantes con tipografía; eran unas bandejas de madera, de un metro cuadrado o mas, en unas repisas especiales, una sobre otra, muy altas para mi pequeña estatura, cada bandeja con un estilo de letras diferentes, de distintos tamaños y grosores, además, con suficientes letras repetidas para escribir, a lo menos un libro completo. Ahí empecé a escribir mi nombre, letra a letra, a veces en un marquito donde se armaban las frases, otra veces untándolas una a una en tinta de imprenta que era espesa como un caramelo, y se extendía con un rodillo en unas placas que hoy las veo como de mármol. Probablemente, ahí adquirí habilidad manual, porque era bien más difícil que escribir con un lápiz y un papel.
2º: Con el avance tecnológico pasamos a tener linotipia, pero ahí jamás me acerqué, porque había un maestro linotipista, el Sr. Ortega, que tenía que tomar mucha leche para no intoxicarse con el caldero de plomo fundido que la máquina tenía.
3º: Llegaron las offset, y ahí yo estudiaba arquitectura, entonces aplicaba mis escasos conocimientos de dibujo técnico, para obtener unas placas para fotograbado, o algo así, que era la base para la impresión.
Demás decir que manejé prensas manuales y a motor, corté con guillotina, preparé cola hervida a baño maria, hice empastados y “alzados”, que era tomar distintas hojas de una rumas, una a una, porque eran numeradas y una no se podía equivocar, especialmente si eran novelas o boletas comerciales donde perder una hoja era fatal, o al menos así me parecía en mi mente de niña. De más decir que yo estaba allí de puro metiche, por ratitos cortos, solo cuando mi mamá se distraía en algún trámite o comadreo.
De la imprenta recuerdo cuando se hicieron horóscopos, que se vendieron en muchos años, comerciantes inescrupulosos les cambiaban la tapa con el año en curso. También recuerdo el orgullo de regalar varios años, las Libretas de Notas, para la escuelita publica, Nº 65, donde estudiaba. Álbumes de fotos, álbumes de recortes, álbumes de dibujo, los tuve por doquier, yo y todos mis compañeros de colegio. En ese tiempo no existían las librerías de hoy, se compraban cuadernos en el almacén de la esquina y menos soñábamos con las actualmente “croqueras” o “scrapbooks” como acabo de aprender, en clases de ingles. Ah¡¡¡¡ también fabricaba “plumeritos” para las barras de las competencias, donde sacaba los restos de los recortes de la guillotina, de unos grandes barriles de cartón que estaban siempre llenos. Eran muy valorados estos aportes entre miss compañeras del cole.
En fin, yo entendía que en la esencia, se trataba de reproducir, masivamente, desde boletas, partes de matrimonio con florcitas y palomas, santitos de primera comunión, algún libro de poesía o novela, y por que no ¿muchas veces, sendos discursos, clases de educación cívica o política, palabras de algún candidato, llamados a la justicia. No seria la Aurora de Chile, lo que mi papá imprimía, pero yo entendía, desde mi infancia, que todo lo que allí se hacía era muy necesario. También entendía, quizás de que manera, que si en cada elección presidencial, quedábamos muy pobres, era porque en nuestra imprenta se hacían unos trabajos muy relevantes, que mi papá jamás cobraba o que los candidatos, de su opción, jamás le pagaban, menos aún cuando no resultaban elegidos. Fuera donación voluntaria o no, a mí me daba lo mismo, yo interpretaba que era algo muy importante y me sentía muy orgullosa, a pesar de los reclamos de mi mamá , que podían durar varios meses, hasta que mi papá repuntaba o mi mamá se olvidaba.
En el año 90 compré casa, la calle se llama Gutenberg, es un bonito barrio declarado de conservación patrimonial, por el Plan Regulador, en la comuna de Providencia. Lo que vine a saber, años más tarde, es que el sector fue una antigua población de obreros gráficos por los años 50. Aun quedan un par de personas, del grupo creador de esta población, entre ellos, Don Danton Paniagua, un señor mayor curvado y muy delgado, con mucha fuerza interior. Aún, es el respeto del barrio y comentan, que sigue siendo absolutamente anarquista, como bien correspondió a muchos imprenteros u otros oficios del mundo de la gráfica.
Este año, 2008, estuve en Estambul, fui preparada acerca de la cultura turca, arquitectura, gastronomía, etc. Por esas casualidades de la vida, asistiendo a un espectáculo de Danzas Derviches, llegamos a un gran edificio que era así como el Sociedad de Periodistas; ellos tenían un “Museo de la Imprenta”. Me sentí emocionada de visitarlo y de mostrarle a mis compañeros de viaje, todas aquellas máquinas entre las cuales viví y que además, disfruté intensamente. Recordaba exactamente como funcionaban y eran exactamente las mismas de mi país y de mi infancia, exactamente las mismas de mi padre. Estaban en un subterráneo, por orden cronológico, limpias y relucientes, sin embargo, sentí olores a tinta, a papel picado y hasta, un halo de cola tibia, emanada de algún chorreado colero, me invadió.
Lo que vi, lo que sentí, lo que olí y lo que recordé, todo junto, complementó con creces los paseos por esta bella ciudad de Estambul y sus lindas personas. Sentí, que la vida me daba la oportunidad, de recrear el ambiente y los recuerdos de infancia. Como dije, iba turísticamente hablando, bien preparada por libros e internet, sin embargo, evidentemente, este magnífico encuentro, a 13000 km de Santiago, fue la más grande emoción, originada por la más grande casualidad.
Próximo capitulo: Estambul .
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